26 de febrer 2012

Dolor sin nada a cambio

Por: Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel 2008.
© 2012 New York Times News Service. Traducción de News Clips.
La semana pasada, la Comisión Europea confirmó lo que todo el mundo sospechaba: las economías que examina se están contrayendo, no creciendo. Todavía no es una recesión oficial, pero la única duda es lo profunda que será la depresión.
Y esta depresión está afectando a países que nunca llegaron a recuperarse de la última recesión. A pesar de todos los problemas de Estados Unidos, su producto interior bruto ha superado por fin su máximo anterior a la crisis; el de Europa no lo ha hecho. Y el grado de dolor que algunas naciones están experimentando es similar al de la Gran Depresión: Grecia e Irlanda han sufrido caídas de dos dígitos en la producción, España registra un paro del 23%, y la depresión de Reino Unido ya dura más tiempo que la que vivió en la década de los treinta del siglo pasado.
Y lo que es peor, los líderes —y unos cuantos actores influyentes— europeos siguen casados con la doctrina económica responsable de este desastre.
Porque las cosas no tenían por qué estar así de mal. Grecia habría tenido serios problemas independientemente de las decisiones políticas que se tomaran, y lo mismo es cierto, en menor grado, en el caso de otros países de la periferia de Europa. Pero los problemas han empeorado mucho más de lo necesario por la forma en que los líderes europeos, y más en general la élite política, sustituyeron los análisis por los sermones, y las lecciones de la historia, por las quimeras.
Más concretamente, a principios de 2010, la economía de la austeridad —la insistencia en que los Gobiernos debían recortar el gasto a pesar del desempleo elevado— hizo furor en las capitales europeas. La doctrina afirmaba que los efectos negativos directos que los recortes del gasto tendrían para el desempleo se verían contrarrestados por los cambios en la confianza, que las reducciones salvajes del gasto llevarían a un aumento repentino del gasto de los consumidores y de las empresas, mientras que los países que no efectuaran los recortes verían huidas de capital y unos tipos de interés por las nubes. Si esto les parece algo que Herbert Hoover podría haber dicho, están en lo cierto: lo parece y lo dijo.
Ahora ya tenemos los resultados, y son exactamente lo que tres generaciones de análisis económicos y todas las lecciones de la historia nos deberían haber dicho que pasaría. El hada de la confianza no ha hecho acto de presencia: ninguno de los países que están recortando el gasto ha visto el desarrollo del sector privado que habían pronosticado. En vez de eso, los efectos depresivos de la austeridad fiscal se han visto reforzados por la caída del gasto privado.
Es más, los mercados de bonos siguen negándose a cooperar. Hasta los pupilos aventajados de la austeridad, países que, como Portugal e Irlanda, han hecho todo lo que se les ha exigido, siguen enfrentándose a unos costes de financiación por las nubes. ¿Por qué? Porque las reducciones del gasto han deprimido profundamente sus economías, debilitando sus bases imponibles hasta tal punto que la relación deuda-PIB, el indicador habitual de progreso fiscal, está empeorando en lugar de mejorar.
Mientras tanto, los países que no se subieron al tren de la austeridad —Japón y Estados Unidos en particular— siguen teniendo unos costes de financiación muy bajos, desafiando los nefastos pronósticos de los halcones fiscales.
Claro que no todo ha salido mal. A finales del año pasado, los costes de financiación españoles e italianos se dispararon, amenazando con una catástrofe financiera general. Ahora esos costes han descendido, entre suspiros de alivio generales. Pero esta buena noticia era de hecho un triunfo de la antiausteridad: Mario Draghi, el nuevo presidente del Banco Central Europeo, hizo caso omiso de los aprensivos de la inflación y urdió una gran expansión del crédito, que es justo lo que hacía falta.
Entonces, ¿qué será necesario para convencer de su error a lacamarilla del dolor, la gente que a ambos lados del Atlántico insiste en que podemos volver a la prosperidad a base de recortes?
Al fin y al cabo, los sospechosos de siempre se apresuraron a declarar muerta para siempre la idea del estímulo fiscal después de que los esfuerzos del presidente Obama no tuvieran como resultado una rápida caída del desempleo, a pesar de que muchos economistas advirtieron de antemano que el estímulo era demasiado pequeño. Pero, que yo sepa, la austeridad sigue considerándose responsable y necesaria a pesar de su estrepitoso fracaso en la práctica.
La cuestión es que verdaderamente podríamos hacer mucho para ayudar a nuestras economías si sencillamente diéramos marcha atrás a la destructiva austeridad de los dos últimos años. Esto es cierto incluso en Estados Unidos, que ha evitado la austeridad a gran escala en el plano federal, pero que ha visto grandes recortes en el gasto y el empleo en los niveles estatal y local. ¿Recuerdan todo el alboroto sobre si había suficientes proyectos listos para arrancar para hacer viables los estímulos a gran escala? Bueno, olvídenlo: todo lo que el Gobierno federal necesita hacer para dar a la economía un buen empujón es proporcionar ayuda a los Gobiernos de menor nivel, permitiendo que esos Gobiernos vuelvan a contratar a los centenares de miles de profesores que han despedido y reanuden los proyectos de construcción y mantenimiento que han cancelado.
Verán: entiendo por qué la gente influyente es reacia a reconocer que las ideas políticas que creían que reflejaban una profunda sabiduría son en la práctica un completo y destructivo disparate. Pero es hora de dejar atrás las creencias imaginarias sobre las virtudes de la austeridad en una economía deprimida.

24 de febrer 2012

MAS ALLÁ DE LA CRISIS.JOSEP FONTANA


Josep Fontana*.  

De lo que quisiera hablarles no es tanto de la crisis actual como de lo que está ocurriendo más allá de la crisis: de algo que se nos oculta tras su apariencia. Para explicarlo necesitaré empezar un tanto atrás en el tiempo. 
     Nos educamos con una visión de la historia que hacía del progreso la base de una explicación global de la evolución humana. Primero en el terreno de la producción de bienes y riquezas: la humanidad había avanzado hasta la abundancia de los tiempos modernos a través de las etapas de la revolución neolítica y la revolución industrial. Después había venido la lucha por las libertades y por los derechos sociales, desde la Revolución francesa hasta la victoria sobre el fascismo en la Segunda guerra mundial, que permitió el asentamiento del estado de bienestar. No me estoy refiriendo a una visión sectaria de la izquierda, ni menos aun marxista, sino a algo tan respetable como lo que los anglosajones llaman la visión whig de la historia, según la cual, cito por la wikipedia, “se representa el pasado como una progresión inevitable hacia cada vez más libertad y más ilustración”.
     Hasta cierto punto esto era verdad, pero no era, como se nos decía, el fruto de una regla interna de la evolución humana que implicaba que el avance del progreso fuese inevitable –la ilusión de que teníamos la historia de nuestro lado, lo que nos consolaba de cada fracaso-, sino la consecuencia de unos equilibrios de fuerzas en que las victorias alcanzadas eran menos el fruto de revoluciones triunfantes, que el resultado de pactos y concesiones obtenidos de las clases dominantes, con frecuencia a través de los sindicatos, a cambio de evitar una auténtica revolución que transformase por completo las cosas.
     Para decirlo simplemente, desde la Revolución francesa hasta los años setenta del siglo pasado las clases dominantes de nuestra sociedad vivieron atemorizadas por fantasmas que perturbaban su sueño, llevándoles a temer que podían perderlo todo a manos de un enemigo revolucionario: primero fueron los jacobinos, después los carbonarios, los masones, más adelante los anarquistas y finalmente los comunistas. Eran en realidad amenazas fantasmales, que no tenían posibilidad alguna de convertirse en realidad; pero ello no impide que el miedo que despertaban fuese auténtico.
     En un articulo sobre la situación actual de Italia publicado en La Vanguardiael pasado mes de octubre se podía leer: “los beneficios sociales fueron el fruto de un pacto político durante la guerra fría”. No sólo durante la guerra fría, a no ser que hablemos de una “guerra” de doscientos años, desde la revolución francesa para acá. Lo que este reconocimiento significa, por otra parte, es que ahora no tienen ya inconveniente en confesar que nos engañaron: que no se trataba de establecer un sistema que nos garantizase un futuro indefinido de mejora para todos, sino que sólo les interesaba neutralizar a los disidentes mientras eliminaban cualquier riesgo de subversión.
     Los miedos que perturbaron los sueños de la burguesía a lo largo de cerca de doscientos años se acabaron en los setenta del siglo pasado. Cada vez estaba más claro que ni los comunistas estaban por hacer revoluciones –en 1968 se habían desentendido de la de París y habían aplastado la de Praga-, ni tenían la fuerza suficiente para imponerse en el escenario de la guerra fría. Fue a partir de entonces cuando, habiendo perdido el miedo a la revolución, los burgueses decidieron que no necesitaban seguir haciendo concesiones. Y así siguen hoy. 
     Déjenme examinar esta cuestión en su última etapa. El período de 1945 a1975 había sido en el conjunto de los países desarrollados una época en que un reparto más equitativo de los ingresos había permitido mejorar la suerte de la mayoría. Los salarios crecían al mismo ritmo a que aumentaba la productividad, y con ellos crecía la demanda de bienes de consumo por parte de los asalariados, lo cual conducía a un aumento de la producción. Es lo que Robert Reich, que fue secretario de Trabajo con Clinton, describe como el acuerdo tácito por el que “los patronos pagaban a sus trabajadores lo suficiente para que éstos comprasen lo que sus patronos vendían”. Era, se ha dicho, “una democracia de clase media” que implicaba “un contrato social no escrito entre el trabajo, los negocios y el gobierno, entre las élites y las masas”, que garantizaba un reparto equitativo de los aumentos en la riqueza.
     Esta tendencia se invirtió en los años setenta, después de la crisis del petróleo, que sirvió de pretexto para iniciar el cambio. La primera consecuencia de la crisis económica había sido que la producción industrial del mundo disminuyera en un diez por ciento y que millones de trabajadores quedaran en paro, tanto en Europa occidental como en los Estados Unidos. Estos fueron, por esta razón, años de conmmoción social, con los sindicatos movilizados en Europa en defensa de los intereses de los trabajadores, lo que permitió retrasar aquí unas décadas los cambios que se estaban produciendo ya en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, donde los empresarios, bajo el patrocinio de Ronald Reagan y de la señora Thatcher, decidieron que éste era el momento para iniciar una política de lucha contra los sindicatos, de desguace del estado de bienestar y de liberalización de la actividad empresarial.
     La lucha contra los sindicatos se completó con una serie de acuerdos de libertad de comercio que permitieron deslocalizar la producción a otros países, donde los salarios eran más bajos y los controles sindicales más débiles, e importar sus productos, con lo que los empresarios no sólo hacían mayores beneficios, al disminuir sus costes de producción, sino que debilitaban la capacidad de los obreros de su país para luchar por la mejora de sus condiciones de trabajo y de su remuneración: los salarios reales bajaron en un 7 por ciento de 1976 a 2007 en los Estados Unidos, y lo han seguido haciendo después de la crisis.
     Asi se inició lo que Paul Krugman ha llamado “la gran divergencia”, el proceso por el cual se produjo un enriquecimiento considerable del 1 por ciento de los más ricos y el empobrecimiento de todos los demás. En los Estados Unidos, que citaré con frecuencia por dos razones –porque disponemos de buenas estadísticas sobre su evolución y porque lo que sucede allí es el anuncio de lo que va a pasar aquí más adelante-, se pudo ver en vísperas de la crisis de 2008 que este 1 por ciento de los más ricos recibía el 53 por ciento de todos los ingresos (esto es más que el 99 por ciento restante).
     En las primeras etapas este proceso tal vez resultaba poco perceptible; pero cuando sus efectos se fueron acumulando acabaron despertando la conciencia de una desigualdad social en constante aumento. En mayo de 2011 Joseph Stiglitz publicó un artículo que se titualaba: “Del 1%, para el 1% y por el 1%”, donde decía que los norteamericanos, que estaban contemplando cómo se producían en muchos países, por ejemplo en los de la primavera árabe, protestas contra regímenes opresivos que concentraban una gran masa de riqueza en las manos de una élite integrada por muy pocos, no se daban cuenta de que esto ocurría también en su propio país.
       Este del 1 por ciento ha sido uno de los lemas principales de los movimientos de ocupación que se han desarrollado en diversas ciudades norteamericanas. Pero Krugman ha hecho un análisis aún más afinado que muestra que es en realidad el 0’1 %, esto es el uno por mil de los norteamericanos, los que concentran la mayor parte de esta riqueza. “¿Quiénes son estos del 1 por mil?, se pregunta ¿Son heroicos emprendedores que crean lugares de trabajo? No. En su mayor parte son dirigentes de compañías (...) o ganan el dinero en las finanzas”.
     Los resultados a largo plazo de la gran divergencia, que se iniciaba en Estados Unidos y en Gran Bretaña en los años setenta y se extendió después a Europa, transformaron profundamente nuestras sociedades. Las consecuencias de una inmensa redistribución de la riqueza hacia arriba no sólo se han manifestado en el empobrecimiento relativo de los trabajadores y de las clases medias, sino que han dado a los empresarios una influencia política con la cual, a partir de ese momento, les resulta cada vez más fácil fijar las reglas que les permiten consolidar su poder.
     Esta redistribución hacia arriba no es el resultado natural del funcionamiento del mercado, como se pretende que creamos, sino el de una acción deliberada. Su origen es netamente político. El primer programa que inspiró este movimiento lo expresó Lewis Powell en agosto de 1971 en un “Memorándum confidencial. Ataque al sistema americano de libre empresa”, escrito para la “United States Chamber of Commerce”, que se encargó de hacerlo circular entre sus asociados. Powell denunciaba el riesgo que implicaba el avance en la sociedad norteamericana de ideas contrarias al “sistema de libre empresa”, expuestas no sólo por extremistas de izquierda, sino por “elementos totalmente respetables del sistema”, e insistía en la necesidad de combatirlas, sobre todo en el terreno de la educación.
     El memorándum tenía una primera parte sobre la amenaza que representaban los “estudiantes universitarios, los profesores, el mundo de los medios de comunicación, los intelectuales y las revistas literarias, los artistas y los científicos”, y proponía planes de ataque para limpiar las universidades y vigilar los libros de texto, para lo cual pedía a las organizaciones empresariales que actuasen con firmeza. No me ocuparé ahora de esta batalla de las ideas, que ha llegado hoy al extremo de proponer la eliminación de la escuela pública, sino de otra parte del memorándum que tendría consecuencias más inmediatas y trascendentales. Powell advertía: “No se debe menospreciar la acción política, mientras esperamos el cambio gradual de la opinión pública que ha de conseguirse a través de la educación y la información. El mundo de los negocios debe aprender la lección que hace tiempo aprendieron los sindicatos y otros grupos de intereses. La lección de que el poder político es necesario; que este poder debe cultivarse asiduamente y que, cuando convenga, hay que usarlo agresivamente y con determinación”.
     Para emprender este programa se necesitaban organizaciones empresariales potentes, que dispusieran de recursos suficientes. “La fuerza reside en la organización, en una planificación y realización persistentes durante un período indefinido de años”. Este llamamiento a la lucha política tuvo efectos de inmediato en la actividad de las asociaciones empresariales y sobre todo de la “United States Chamber of Commerce”, que pretende ser hoy “la mayor federación empresarial del mundo, en representación de los intereses de más de 3 millones de empresas”. Estas asociaciones no solo emprendieron grandes campañas de propaganda, sino que acentuaron su participación en las campañas electorales a través de Comités de Acción Política, en una actividad que ha aumentado considerablemente desde 2009, tras la decisión del Tribunal supremo Citizens United, que ha liberalizado las inversiones de las empresas en la política, en nombre del derecho a la libre expresión (esto es, considerando a las empresas como personas y atribuyéndoles los mismos derechos). La gran cuantía de recursos proporcionados por los empresarios explica, por ejemplo, que la United StatesChamber of Commerce invirtiese en las elecciones norteamericanas de 2010 más que los comités de los dos partidos, demócrata y republicano, juntos.
     No se trata tan sólo de donativos para las campañas, sino también de formas diversas de pagar sus servicios a los políticos, entre ellas la de asegurarles una compensación cuando dejan la política. Y, sobre todo, de la aactuación constante de los llamados “lobbyists”, que atienden las peticiones de los políticos. En el pasado año 2011 se calcula que las empresas han gastado 3.270 millones de dólares en atender a los congresistas y a los altos funcionarios federales. Las 30 mayores compañías gastaron entre 2008 y 2010 más en esto que en pagar impuestos.
     ¿Que ha conseguido el mundo empresarial con este asalto al poder? En julio del año pasado, Michael Cembalest, jefe de inversiones de JPMorgan Chase, escribía, en una carta dirigida tan sólo a sus clientes, que se conoció porque la descubrió un periodista, que “los márgenes de beneficio han conseguido niveles que no se habían visto desde hace décadas”, y que “las reducciones de salarios y prestaciones explican la mayor parte de esta mejora”. “La compensación por el trabajo está en los Estados Unidos en la actualidad al mínimo en cincuenta años en relación tanto con las cifras de ventas de las empresas como del PIB de los Estados Unidos”.
     Otro beneficio indiscutible ha sido la disminución de sus contribuciones al sostén del estado. El peso político creciente de las empresas ha conducido a la situación paradójica de que éstas escapen a la fiscalidad por la doble vía de negociar recortes de impuestos y exenciones particulares, y de tener libertad para aflorar los beneficios en las subsidiarias que tienen en paraísos fiscales, donde apenas pagan impuestos. Un estudio de noviembre de 2011 concluye que el conjunto de las 280 mayores empresas de los Estados Unidos no han pagado en los tres años últimos más que un 18’5 % de sus beneficios. Pero es que una cuarta parte de éstas han pagado menos del 10%, y 30 de las más grandes no han pagado nada en tres años, sino que encima han recibido devoluciones. Lo que se dice de las empresas se aplica también a los empresarios: de 1985 a 2004 los 400 americanos más ricos han pasado de pagar un 29 por ciento de sus ingresos a tan sólo un 18 por ciento, mucho menos que los pequeños comerciantes o los trabajadores a sueldo. Y cuando Obama pretendió que quienes ganasen más de un millón de dólares al año pagasen el mismo tipo que el ciudadano medio norteamericano, no consiguió que el congreso aprobase la medida. Como ha dicho Stiglitz "Los ricos están usando su dinero para asegurarse medidas fiscales que les permitan hacerse aun más ricos. En lugar de invertir en tecnología o en investigación, obtienen mayores rendimientos invirtiendo en Washington”.
     Hay un tercer aspecto de estos beneficios que es la desregulación de la leyes que controlan algunos aspectos de la actividad empresarial. Un estudio reciente de dos economistas del Fondo Monetario Internacional, que han analizado el papel de las contribuciones económicas de las empresas en la política, llega a la conclusión, que les leo literalmente, de que “el gasto realizado está directamente relacionado con la posibilidad de que un legislador cambie de postura en favor de la desregulación”. Esto, que en el sector de la industria les ha permitido reducir, o incluso anular, los gastos relacionados con el control de la polución, ha tenido en la actividad financiera unas consecuencias que son las que han conducido directamente a la crisis de 2008.
     Gracias a la supresión de controles sobre sus actividades, que culminó  durante la presidencia de Clinton, las entidades financieras pudieron lanzarse a un juego especulativo con derivados y otros productos de alto riesgo, que parecían más propios de un casino de juego que de la banca, mientras los dirigentes de la Reserva Federal estimulaban el optimismo de los especuladores, rebajando los tipos de interés y animando al público a que gastase, a que comprase casas con créditos hipotecarios e invirtiese en operaciones financieras de riesgo.
     Esta fiebre especuladora se producía en un país que, como resultado de su desindustrialización, estaba convirtiendo en una actividad fundamental el sector FIRE (Finance, Insurance and Real Estate; o sea Finanzas, seguros y negocio inmobiliario). Una desindustrialitzación semejante se ha producido en Gran Bretaña, que de ser “la fábrica del mundo” quiso convertirse en “el banco del mundo”, y que vive ahora con la angustia de lo que puede suceder si pierde esta gran fuente de exportación de servicios, teniendo en cuenta la situación de una economía en que “la demanda doméstica será probablemente escasa en muchos años (...), mientras los consumidores se esfuerzan en hacer frente a sus deudas y el gobierno batalla por reducir el déficit presupuestario”.
     Nuestra situación es más compleja, ya que si bien hemos perdido el tejido industrial tradicional, contamos con una considerable industria de propiedad extranjera a la que proporcionamos trabajo barato, o sea que nos ha tocado el papel de receptores de la industria que otros países más prósperos deslocalizan, y que conservaremos mientras les sigamos garantizando salarios bajos. Lo cual me mueve a preguntarme cómo se explica que, si el trabajo de nuestros obreros es poco competitivo, como se argumenta para proponerles rebajas de sueldos y derechos, Volkswagen, Ford, o Renault se vengan a fabricar coches aquí. En lo que sí nos vamos pareciendo a las economías avanzadas es en el peso dominante que ha adquirido entre nosotros el sector financiero.
     La influencia política adquirida por los empresarios explica por qué, cuando se ha producido la crisis -en Norteamérica, en Gran Bretaña o en España- el estado ha corrido a salvar las empresas financieras con rescates multimillonarios; pero no ha hecho un esfuerzo equivalente por remediar la situación de los muchos ciudadanos que pierden sus hogares, al ser incapaces de seguir pagando las hipotecas, ni por asegurar estímulos a las actividades productivas con el fin de combatir el paro.
     Lejos de ello, lo que se ha hecho, para justificar los sacrificios que se están imponiendo a la mayoría, es difundir la fábula de que la crisis económica se debe al excesivo coste de los gastos sociales del estado, y que la solución consiste en aplicar una brutal política de austeridad hasta que se acabe con el déficit del presupuesto, lo cual, como veremos, resulta imposible a partir de esta política.
     Merece la pena escuchar esta historia como la cuenta Krugman: “En el primer acto los banqueros se aprovecharon de la desregulación para lanzarse a una especulación desbordada, hinchando las burbujas con préstamos incontrolados; en el segundo las burbujas estallaron y los banqueros fueron rescatados con dinero de los contribuyentes, mientras los trabajadores sufrían las consecuencias, y en el tercero, los banqueros decidieron emplear el dinero que habían recuperado en apoyar a políticos que les prometían bajarles los impuestos y desmontar las pocas regulaciones que se habían impuesto tras la crisis”. ¿Piensan ustedes que esta es una historia exótica, que sólo puede referirse a los Estados Unidos? Pues no; nosotros también tuvimos una burbuja inmobiliaria desbordada, hinchada con los créditos que concedieron bancos y cajas de ahorro. Ahora estamos en el segundo acto, el del rescate “mientras los trabajadores sufren las consecuencias”. Nos queda el desenlace, ese tercer acto que, si no se hace algo para evitarlo, será parecido: esto es, que se recuperarán los bancos, pero no los puestos de trabajo, tal como está ocurriendo hoy en los Estados Unidos.  
     Nadie ignora que la austeridad es incompatible con el crecimiento económico. Peter Radford lo sintetiza en pocas palabras: “La austeridad disminuye una economía. Es un acto de retroceso. Disminuye la demanda. Los ingresos caen. Pagar las deudas a partir de una menor cantidad de dinero significa que hay menos dinero para otros gastos. Del crecimiento se pasa a la decadencia”. 
     Una revisión del pasado demuestra que la política de austeridad nunca ha funcionado y que no tiene sentido en la situación actual. Lo sostiene, por ejemplo, Richard Koo, economista jefe del Nomura Research Institute de Tokio, quien, tras haber analizado comparativamente la crisis económica de los años treinta, las décadas perdidas de Japón y la crisis actual en Estados Unidos y en la “eurozona”, concluye que:
     “Aunque evitar el gasto público exagerado es el modo adecuado de proceder cuando el sector privado de la economía está en plena forma y maximiza los beneficios, nada resulta peor que la restricción del gasto público cuando un sector privado en mal estado está reduciendo sus deudas”. Actuar sobre una economía que ahorra pero no invierte reduciendo el gasto público no hace más que agravar su situación. Koo sostiene que la crisis, que empezó en el sector inmobiliario estadounidense, sigue siendo una crisis bancaria, que ha acabado contagiando a la economía y a las cuentas públicas, y que pensar que estos problemas se resuelven “con una sobredosis de ajustes” y con reformas constitucionales “es un completo disparate”.
       Más contundente aun es la opinión que Krugman ha expresado esta misma semana: “Lo más indignante de esta tragedia es que es totalmente innecesaria. Hace medio siglo, cualquier economista (…) os podía haber dicho que austeridad en tiempos de depresión era una muy mala idea. Pero los políticos, los entendidos y, siento decirlo, muchos economistas decidieron, sobre todo por razones políticas, olvidar lo que sabían. Y millones de trabajadores están pagando el precio de su deliberada amnesia”.
     No ha sido la deuda pública la causa de la crisis de los países del sur de Europa. Un análisis de las cifras de las últimas décadas muestra que los problemas de estos países no proceden de un exceso de gasto público, sino que son una consecuencia de la propia crisis. Un análisis de la relación que ha existido entre la deuda pública y el PIB de estos países, demuestra que estuvo mejorando (esto es disminuyendo) hasta 2007. El endeudamiento posterior del estado es consecuencia de las cargas que ha asumido como consecuencia de la crisis bancaria, no de un exceso anterior de gasto público. Si leen ustedes la prensa, fijándose en los datos que ofrece y no en la doctrina que predica, verán que lo que realmente preocupa a nuestros gobernantes es cómo remediar el problema que para el sistema bancario representan las grandes inversiones inmobiliarias efectuadas en años de euforia en que estas fantasías se estaban financiando con nuestros ahorros.
     No importa que economistas galardonados con el Premio Nobel, como Stiglitz y Krugman, condenen la política de austeridad. Porque resulta que, en realidad, esta política beneficia a los mismos que han causado el desastre y favorece la continuidad de su enriquecimiento. Como dice Michael Hudson: “No hay ninguna necesidad (...) de que los dirigentes financieros de Europa impongan una depresión a la mayor parte de su población. Pero es una gran oportunidad de ganancia para los bancos, que han conseguido el control de la política económica del Banco Central Europeo (...). Una crisis de la deuda permite a la la élite financiera doméstica y a los banqueros extranjeros endeudar al resto de la sociedad”.
     Los resultados se pueden ver ya en la experiencia de Grecia, donde las medidas de austeridad impuestas por la Unión Europa y el FMI están poniendo en peligro el propio crecimiento económico, y tienen unas durísimas consecuencias sociales: los suicidios y el crimen aumentan, la masa de los nuevos pobres está integrada por jóvenes que no encuentran trabajo y por personas de media edad que han perdido el suyo, mientras faltan en los hospitales los medicamentos esenciales, incluyendo las vacunas, lo que puede conducir a que resurjan allí la poliomielitis o la difteria.
     Este comienza a ser también el caso de España, donde la prensa anuncia que el PP se propone ahorrar este año 6.000 millones en medicamentos. Como dice Peter Radford: “¡Que se lo digan a los españoles! Ellos han probado ya toda esta historia de la austeridad. Tanto que la tasa de paro es del 23%, mientras las medidas que lo han producido no han conseguido frenar el déficit público, que está a punto de superar el límite del 8% que el gobierno español se había fijado como objetivo. ¿Se imaginan lo que ocurrirá ahora? Que los españoles van a ver aumentar su sufrimiento. Están insistiendo en más austeridad para estrujar su economía cada vez más”. Y ello, añade, “para reducir un déficit que es menor que el de los Estados Unidos o el de Gran Bretaña”.
     Una reflexión adicional acerca del carácter más “empresarial”  que “público” de la crisis nos la puede proporcionar una información publicada por el New York Times el 25 de diciembre pasado, que nos advierte que la crisis de los bancos europeos, que les está obligando a deshacerse de activos, crea buenas oportunidades de negocio para las empresas financieras norteamericanas que, a pesar de sus problemas, están lanzándose a comprar en Europa. En efecto, en un artículo publicado en La Vanguardia del 15 de enero pasado –y el hecho mismo de que un periódico conservador publique este tipo de análisis demuestra el desconcierto reinante entre nuestra burguesía- no sólo se explica que los fondos de inversión norteamericanos se han lanzado a comprar “gangas” europeas, como empresas y bancos devaluados por la propia política de austeridad, sino que se nos dan las razones: “La crisis bancaria europea está beneficiando a los fondos extranjeros que aguardan a las puertas de Europa”. Por una parte compran empresas que han perdido valor porque los bancos se niegan a darles crédito, a lo cual se añade que las medidas de recapitalización impuestas a los bancos les han forzado a “vender activos por un valor de billones de euros”. Wim Butler, del Citi Group, no dudó en decir en una conferencia pronunciada en Bruselas: “De aqui a unos años todos los bancos europeos pertenecerán a extranjeros”.
     Las políticas restrictivas han llegado a tal punto de irracionalidad que desde el propio Fondo Monetario Internacional se ha comenzado a advertir a los dirigentes políticos europeos: “En la medida en que los gobiernos piensan que deben responder a los mercados, pueden ser inducidos a consolidar demasiado aprisa, incluso desde el simple punto de la sostenibilidad de la deuda”. Como ustedes saben, el presidente actual de nuestro gobierno ya ha dicho, cuando se aprestaba a rendir pleitesía a la señora Merkel, que lo primero es cumplir con el deber de sanear los bancos y reducir el gasto público: los puestos de trabajo, los hospitales o las escuelas no son prioritarios.
     Hay razones que ayudan a entender la inhumanidad de este capitalismo depredador. Richard Eskow, que trabajó en un tiempo para Wall Street dice: “La gente que sufre por los efectos de los presupuestos austeros no son de la clase de los que [estos capitalistas] conocen personalmente, sino que se trata de empleados públicos, como maestros, policías, bomberos o funcionarios de programas sociales; de gente que necesita de ayudas del gobierno, como los pobres; y de otros de la clase media que han tenido la temeridad o de hacerse viejos o de sufrir una incapacidad”. En realidad los “super-ricos” no sólo se sienten ajenos a todos estos, sino que en el fondo los desprecian.
     Lo ocurrido en los últimos años en la sociedad norteamericana, que fue la primera en implantar estas reglas, nos indica la clase de futuro a que nos conduce a todos la austeridad. Dos noticias de prensa publicadas alrededor dela Navidad del año pasado ilustran sus dos caras. Sabemos, por una parte, que la “paga” de los dirigentes de las 500 mayores empresas aumentó en un 36’5 por ciento en 2010, al propio tiempo que aumentaba en 1.600.000 el número de los niños norteamericanos sin hogar, lo que representa un aumento de un 38 por ciento respecto de 2007. El año pasado, el de 2011, no ha sido tan bueno para los negocios de Wall Street; pero sabemos ya que esto no va a afectar las pagas millonarias de los dirigentes de Citigroup o de Morgan Chase, que van a cobrar más de veinte millones de dólares.
     Los empresarios son conscientes de que el aumento de la desigualdad es nefasto para el crecimiento económico, en términos globales. Como señala Robert Reich: “Con tanta parte de los ingresos y de la riqueza concentrada en los más ricos, la amplia clase media no tiene ya el poder adquisitivo necesario para comprar lo que la economía es capaz de producir (...). El resultado es la generalización del estancamiento y del paro”. Un memorándum de la Reserva Federal norteamericana de 4 de enero recuerda que el 70 por ciento de la economía nacional depende del gasto de los consumidores, y que la recuperación no será posible si no aumenta la capacidad de consumo de la clase media.
     Este planteamiento sobre el interés general no afecta sin embargo a los intereses inmediatos de los más ricos, puesto que una reducción global del crecimiento no implica una reducción simultánea de sus beneficios, que han seguido aumentando. Y se están, además, adaptando a la nueva situación, con la esperanza de obtener cada vez mayores beneficios. El 16 de octubre de 2005 Citigroup, la mayor empresa financiera del mundo, publicaba un informe con el título de Plutonomía, al que de momento se prestó poca atención, hasta que, cuando comenzó a hacerse famoso, Citigroup se preocupó de eliminarlo por completo de la red.
     El informe proponía el término “plutonomía” para designar los países en que el crecimiento económico se había visto promovido, y en gran medida consumido, por el pequeño grupo de los más ricos. Sostenía que “el encarecimiento de los activos, una participación creciente en los beneficios y el trato favorable por parte de gobiernos partidarios del mercado han permitido a los ricos prosperar y capitalizar una proporción creciente de la economía en los países de plutonomía”. Lo ilustraba con las cifras de la desigualdad de la distribución de la riqueza en los Estados Unidos, que comentaba con estas palabras: “No tenemos una opinión moral acerca de si esta desigualdad de los ingresos es buena o mala; lo que nos interesa es que es importante”. Opinaban, además, que las fuerzas que habían llevado a este aumento de la desigualdad en los veinte años últimos era probable que continuasen en los años próximos. De lo cual había que deducir que se crearía un entorno positivo para la actividad de empresas que vendiesen bienes o servicios a los ricos.
     Su conclusión final era: Hemos de preocuparnos menos de lo que el consumidor medio vaya a hacer, ya que la conducta de este consumidor es menos relevante para el agregado final, que de lo que los ricos vayan a hacer. Esta es simplemene una cuestión de matemáticas, no de moralidad, concluían.
      Y debían tener razón, porque sabemos que las empresas de bienes de lujo (o, como se dice en el negocio, de “bienes para individuos de un valor extremo”, que The Economist nos aclara que son aquellos pra los que “un bolso de 8.000 dólares es una ganga”) están aumentando espectacularmente. LVMH –o sea Louis Vuitton Moët Hennessy- creció en un 13% en la primera mitad de 2011 con ventas de 10.300 millones. Una noticia publicada recientemente en la prensa nos dice que mientras la matriculación de automóviles disminuyó en su conjunto en España en el año 2011, la excepción han sido los de lujo, cuya matriculación ha aumentado en un 83’1 por ciento.
      “En algún momento –habían avisado los analistas de Citigroup- es probable que los trabajadores se opongan al aumento de beneficios de los ricos y puede haber una reacción política contra el enriquecimiento de los más acomodados”, pero “no vemos que esto esté ocurriendo, aunque hay síntomas de crecientes tensiones políticas. De todos modos mantendremos una extrecha observación de los acontecimientos”.
      La ofensiva empresarial no se limita, por otra parte, a buscar ventajas temporales, sino que aspira a una transformación permanente del sistema político. En los Estados Unidos se está tratando de dificultar el acceso al voto a amplias capas de la población que se consideran poco afines a los principios de la derecha: ancianos, minorías étnicas, pobres... En la actualidad hay en Norteamérica 12 estados que han introducido medidas restrictivas del derecho a votar (otros 26 las están gestionando), la más importante de las cuales es la exigencia de un documento de identidad como votante, para cuya obtención se exige la presentación de documentos como el carnet de conducir o la acreditación de una cuenta bancaria. No sin problemas. En julio de 2011 el documento le fue negado en Wisconsin a un joven, con el argumento de que el comprobante de su cuenta de ahorro, que presentaba como identificación, no mostraba bastante actividad reciente com para servir para esta finalidad. Más del 10 por ciento de ciudadanos norteamericanos no tienen estas identificaciones, y la proporción es todavía mayor entre sectores que normalmente votan por los demócratas, incluyendo un 18 por ciento de votantes jóvenes y un 25 % de los afroamericanos.
     Pero la amenaza a la democracia no necesita formularse con medidas legales de limitación del voto, porque el camino más efectivo es el control de los políticos por parte de la oligarquía financiera. Robert Fisk hacía recientemente una comparación entre las revueltas árabes y las protestas de los jóvenes europeos y norteamericanos en un artículo que se titulaba “Los banqueros son los dictadores de Occidente”, en que decía: “Los bancos y las agencias de evaluación se han convertido en los dictadores de occidente. Como los Mubarak y Ben Alí, creen ser los propietarios de sus países. Las elecciones que les dan el poder –a través de la cobardía y la complicidad de los gobiernos- han acabado siendo tan falsas como las que los árabes se veían obligados a repetir, década tras década, para ungir a los propietarios de su propia riqueza nacional”. Los partidos políticos, afirma Fisk, entregan el poder que han recibido de los votantes “a los bancos, los traficantes de derivados y las agencias de evaluación, respaldados por la deshonesta panda de expertos de las grandes universidades norteamericanas, (…) que mantienen la ficción de que esta es una crisis de la globalización en lugar de una trampa financiera impuesta a los votantes”.
     Michael Hudson, profesor de la Universidad de Missouri, que había sido analista y asesor en Wall Street, denuncia en un texto sobre lo que llama “la transición de Europa de la socialdmeocracia a la oligarquía financiera”, los efectos de las políticas de austeridad: “Una crisis de la deuda facilita que la élite financiera doméstica y los banqueros extranjeros endeuden al resto de la sociedad (...) para apoderarse de los activos y reducir el conjunto de la población a un estado de dependencia”. A lo que añade que la clase de guerra que se extiende ahora por Europa tiene objetivos que van más allá de la economía, puesto que amenaza convertirse en una línea de separación histórica entre una época caracterizada por la esperanza y el potencial tecnológico, y una nueva era de desigualdad, a medida que una oligarquía financiera va reemplazando a los gobiernos democráticos y somete a las poblaciones a una servidumbre por deudas. El resultado es “un golpe de estado oligárquico en que los impuestos y la planificación y el control de los presupuestos están pasando a manos de unos ejecutivos nombrados por el cártel internacional de los banqueros” (no sé si será oportuno recordar que nuestro actual ministro de economía procede del sector bancario norteamericano).
     Hay un aspecto de estos problemas en el que nos conviene reflexionar. Randall Wray sostiene que la crisis norteamericana de 2008 no la causó la insolvencia de las hipotecas basura, porque su volumen no era suficiente como para haber provocado por si sólo este desastre, sino que ésta fue simplemente la chispa que desencadenó un incendio cuyas causas profundas eran el estancamiento de los salarios reales y la desigualdad creciente, que empujaban a la economía lejos de una actividad centrada en la producción hacia otra esencialmente financiera, dedicada al manejo del dinero. Lo más grave de esta interpretación –advierte- es que, dado que estas causas profundas no sólo no se han remediado, sino que son más graves ahora que en 2008, pudiera ocurrir que una chispa semejante, como la insolvencia de uno de los grandes bancos norteamericanos o un problema grave en la banca europea, volviera a iniciar una nueva crisis, tal vez peor. 
     Es por esto que necesitamos evitar el error de analizar la situación que estamos viviendo en términos de una mera crisis económica –esto es, como un problema que obedece a una situación temporal, que cambiará, para volver a la normalidad, cuando se superen las circunstancias actuales-, ya que esto conduce a que aceptemos soluciones que se nos plantean como provisionales, pero que se corre el riesgo de que conduzcan a la renuncia de unos derechos sociales que después resultarán irrecuperables. Lo que se está produciendo no es una crisis más, como las que se suceden regularmente en el capitalismo, sino una transformación a largo plazo de las reglas del juego social, que hace ya cuarenta años que dura y que no se ve que haya de acabar, si no hacemos nada para lograrlo. Y que la propia crisis económica no es más que una consecuencia de la gran divergencia.
       ¿Qué hemos de hacer? Hay, evidentmente, un primer nivel de urgencia en que resulta obligado luchar por salvar los puestos de trabajo y los niveles de vida. El Banco de España se ha encargado de comunicarnos hace pocos días que lo que vamos a tener este año, y muy probablemente el siguiente, es más recesión y más de seis millones de parados. Cuesta poco imaginar la cantidad de EREs y de recortes que esto va a implicar, lo que nos va a obligar a muchos esfuerzos puntuales para salvar todo lo que se pueda.
     Pero lo que revela la naturaleza especial de la situación actual es el hecho de que para la generación que ahora tiene entre 20 y 30 años no va a haber ni siquiera EREs, sino una ausencia total de futuro. Y eso sólo podrá resolverse con una política que vaya más allá de la defensa inmediata de nuestras condiciones de vida, para enfrentarse a las políticas de austeridad y que, sobre todo, se proponga acabar con el gran proyecto de la divergencia social que las inspira.
     Como demostró la gran depresión de los años treinta, cuando eran muchos los que pensaban que el viejo sistema capitalista se había acabado y que el futuro era de la economía planificada por el estilo de la de la Rusia soviética, la capacidad del capitalismo para superar sus crisis y rehacerse es considerable.
     El problema inmediato al que hemos de enfrentarnos hoy no es, como algunos pensábamos hace unos años, la liquidación del capitalismo, que debe ser en todo caso un objetivo a largo plazo, porque la verdad es que no disponemos ahora de una alternativa viable que resulte aceptable para una mayoría. Y lo que no puede ser compartido con los más, por razonable que parezca, está condenado a quedar en el terreno de la utopía, que es necesaria para alimentar nuestras aspiraciones a largo plazo, pero inútil para la lucha política cotidiana.
     Lo que nos corresponde resolver con urgencia es decidir si luchamos por recuperar cuanto antes un capitalismo regulado, con el estado del bienestar incluido, como se había conseguido cuando los sindicatos y los partidos de izquierda eran interlocutores eficaces en el debate sobre la política social, o nos resginamos a seguir sufriendo bajo la garra de un capitalisno depredador y salvaje como el que se nos está imponiendo. De hecho, lo que nos proponen las políticas de austeridad es simplemente que paguemos la factura de los costes de consolidar el sistema en su situación actual, renunciando a una gran parte de las conquistas que se consiguieron en dos siglos de luchas sociales.
     No es que no haya signos esperanzadores de resistencia. No cabe duda de que las ocupaciones de plazas y las manifestaciones de protesta van a volver a brotar esta primavera, empujadas por la desesperación. Pero lo más importante es saber si la experiencia de los efectos combinados de los recortes y del aumento de las cargas servirá para devolver el sentido común a quienes dieron el voto a una derecha que prometía soluciones y se limita ahora a pedirnos sacrificios, o si sus votantes se resignarán a aceptar mansamente las consecuencias de su error.
      Pienso que es urgente, para dar sentido y coherencia a las protestas, que la izquierda –una izquierda real que nazca de más allá de la traición de la socialdemocracia de las terceras vías- elabore nuevas formas de lucha y de mejora, ahora que ya hemos aprendido que la idea de que el progreso era el motor de la historia es un engaño y que los avances para el conjunto de los hombres y las mujeres solo se han conseguido a través de las luchas colectivas. La semana pasada me pidieron en un diario de Barcelona que opinase acerca de cómo sería dentro de cinco años este capitalismo con el que nos ha tocado vivir. Y lo que respondí fue que eso dependía de nosotros: que lo que tengamos dentro de cinco años será lo que habremos merecido.  




* Texto íntegro de la conferencia pronunciada en León por el profesor Fontana que, salvo pequeñas variaciones, es la misma que dictó en la sede de Comisiones Obreras de Catalunya en el consell de Comfia.                         
                      

22 de febrer 2012

3ª entrega: RESUM DEL LLIBRE “ HAY ALTERNATIVAS, propostes per a crear treball i benestar social a Espanya”.



3ª Entrega.
A la segona entrega varem veure les conseqüències de la revolució conservadora i neoliberal de Reagan i la Thatcher: canvi de model productiu; política econòmica centrada en la lluita contra l’inflació; nova estratègia política i cultural orientada a introduir nous valors que fomentaren l’individualisme.
Continuarem analitzant les conseqüències.
LA DESIGUAL DISTRIBUCIÓ DE LAS RENDES I LA CRISI.
Els canvis que portaren aquestes polítiques es produïren com a conseqüència de un doble procés:
La menor proporció de rendes salarials (aquestes es dediquen pràcticament en la integritat al consum) redueix la demanda i, en conseqüència, limita les ventes i els ingressos de les empreses productives.
I al mateix temps el major volum de rendes del capital incrementa el estalvi i, per tant, la suma de recursos susceptibles de ser destinats a l’inversió per a obtenir rendibilitat. Es molt mes atractiu col·locar els capitals en las inversions financeres.
Eixa desigualtat ha estat el caldo de cultiu que ha incentivat la compulsiva innovació financera orientada a rendibilitzar el paper mitjançant complexes procediments de titulització que converteixen al capital en font de grans ganancies.
El que fou secretari de Treball amb Clinton, Robert Reich, ha senyalat que en 1976 el 1 por cent mes ric de la població de Estats Units tenia el 9 por cent de la riquesa i ara, després de anys de polítiques neoliberals,  acumula el 20 por cent.
La crisi que estem vivint es, por tant, una conseqüència inevitable de aquest procés de conversió de l’economia capitalista en un gran casino financer que converteix l’inversió en paper i en capital fictici en el uso mes rentable. Els bancs i els grans fondos d’inversió s’han convertit en una maquinaria de creació constant de deute, mitjançant la titulització i els procediments de l’enginyeria financera que son noves fonts de benefici. Però tot al marge de la activitat productiva, de manera que aquesta que es la que crea treball es debilita de forma continuada i acaba exhausta per la falta de capital o de demanda real suficient.
En definitiva la última i gran recessió de la economia mundial es mesque el resultat de una crisi financera derivada de la difusió de productes tòxics. Els diners ha deixat de ser un instrument al servici de la producció de bens i servicis per a  les necessitats humanes per a convertir-se en un fi i en una simple font de poder. Ha deixat de ser una activitat al servici de la creació de llocs de treball o riquesa i els bancs son els principals instruments per a eixe fi, convertint-se una maquinaria de generació de deute.

2.- Les singularitats de la crisi espanyola.
Com varem dir per a afrontar amb èxit un problema es necessari conèixer be les causes.
Evidentment, la crisi que està vivint l’economia espanyola es fruit directe de la crisis financera internacional. Però, també es cert que en Espanya hi havia unes condicions econòmiques prèvies molt singulars que han fet que l’efecte siga especialment greu.
LES COINCIDENCIES I LES NOSTRES PARTICULARITATS
A Espanya en els darrers trenta anys hem tingut el mateix procés de transformacions estructurals i les mateixes receptes neoliberals que a la resta del mon. Però amb alguna particularitat perquè ha coincidit amb tres circumstancies particulars:
− Una impressionant borbolla inmobiliaria.
− Un endeutament  previ i una insuficiència d’estalvi nacional molt gran.
− Una supervisió de les Institucions financeres diferent a las de la resta dels països com a conseqüència de que ja havien passat una crisi molt devastadora anys abans.
En que hem estat diferents als altres països de la UE?
Debilitat de les classes treballadores
La transició, que no va ser modèlica, es va fer en termes molt favorables a las forces conservadores que controlaven els aparells de l’Estat dictatorial i gran part dels mitjans d’informació  i persuasió. La pressió  popular no va ser suficient  per a forçar una ruptura amb l’estat anterior, el que va permetre que les dretes d’escassa tradició  democràtica mantingueren el poder i va  provocar la debilitat, de las forces democràtiques. El sindicalisme sempre ha estat debilitat pel domini de les forces conservadores, situació accentuada per la seva divisió, mentre les forces conservadores sempre ha defensat els seus interessos de manera unitària.
Desmesurada influencia política dels grans grups empresarials i financers
Els grans representants dels interessos empresarials mes poderosos han mantés gran part dels mecanismes de protecció  franquistes, mitjançant la seva  permanent presència al poder polític.
A finals de 2006 sols una vintena de grans famílies eren propietàries del 20,14 por cent del capital de las empreses del Ibex-35 i una élite de 1.400 persones, que representen el 0,0035 por cent de la població espanyola, controlava recursos que equivalen al 80,5 por cent del PIB.
Aquesta estructura oligàrquica  de la societat i l’economia espanyoles ha estat determinant, com ara veurem, per a provocar la borbolla inmobiliaria i el gran endeutament que es troba a l’origen de la crisi.
Institucions i mercats molt imperfectes
La dictadura ens va deixar institucions tan decisives com el mercat de treball, el sector financer o el sistema fiscal molt dèbils i no ha estat fàcil acomodar-les a la democràcia i a la modernitat.
Al mercat laboral ha hagut una duresa en les iniciatives empresarials, resultat de una gran patronal acostumbrada a una prepotència heretada del règim anterior amb escassa adaptabilitat a las exigències de una economia basada en la cooperació i la col·laboració dels agents socials. La solució del atur ha estat sempre facilitar l’acomiadament.
El sector financer  ha mantés un poder i una influencia sobre el conjunt de l’economia i les institucions desproporcionat en comparació amb el dels països del nostre entorn.
Finalment, i malgrat les reformes dels inicis de la democràcia, el sistema fiscal deixa moltíssim que desitjar, envoltat amb corrupció, economia submergida, paradisos fiscals,...una fiscalitat basada quasi exclusivament en les rendes del treball.
Dèficit social
Malgrat la propaganda en contra, el nostre país es en termenis relatius un del que menys diners dedica al que anomenem estat del benestar. I ben cert també un dels que millor rendiment li trau a eixos diners.
Dèbil I traumàtica vinculació de la economia espanyola amb l’exterior
Als darrer cinquanta anys, l’equilibri exterior depenia de la entrada de divises basada en l’oferta de servicis turístics. I com que aquesta via era insuficient calia  tirar ma de la devaluació de la pesseta.
L’arribada de la democràcia va coincidir en un període d’obertura a l’exterior  sense poder abans consolidar un model productiu distint del de la dictadura. Per eixe motiu l’incorporació primer a la UE i després a l’unió monetària va ser  un impacte molt gran en la nostra economia. Això va tindre  efectes desiguals. Per un costat varem gaudir de una  entrada de divises molt importants que han permès consolidar estructures de benestar i una gran entrada de recursos. Però, posant en mans del capital estranger els millors actius de l’economia, fins al punt que el capital espanyol ha desaparegut de sectors de gran importància estratègica.I a mes a mes ha limitat quasi totalment la capacitat de maniobra interna al sotmetre la política econòmica nacional als dictats de les decisions dominants a Europa que responen a ls interessos empresarials de Alemanya i França. Tot això ha consolidat el model productiu tradicional depenent i poc competitiu.
En particular, impedeix la devaluació com abans. Podríem haver resolt eixe problema especializa-nos en altre tipus d’activitats i millorant la qualitat i la productivitat. Cosa que mai volgueren les grans empreses que han volgut competir als mercats internacionals i que optaren, per el contrari, per competir baixant els salaris. Però, malgrat que aquestos han sofert un procés constant de contenció (Espanya es l’únic país de la OCDE on  no hem tingut creixement reial dels salaris entre 1995 y 2005), aquesta via d’ajust ha estat insuficient per a donar suficients i per això el dèficit exterior de España es el mes alt del mon en térmens relatius.
Finalment cal recordar  que de la dictadura franquista de 1938 a 1978 varem heretar una gran desigualtat, tant entre territoris como entre persones, com conseqüència no sòls de la carència de polítiques i estructures redistributives, si no sobre tot de la carència de capital social dedicat a la formació i la innovació, del predomini de un model productiu depenent i desvertebrat i de la pròpia absència de democràcia.
En definitiva, podríem dir que la dictadura ens va deixar com herència una economia i una societat molt sotmesa a grups d’interès econòmic  i financer  molt reduïts però molt poderosos, i un teixit productiu massa dèbil dominat per grans empreses i bancs con una influencia política conquistada en la dictadura però que han mantés fins l’actualitat.

15 de febrer 2012

MANIFESTACIÓ CONTRA LA REFORMA LABORAL DIUMENGE 19 DE FEBRER A LES 12 HORES A ALACANT, CASTELLÓ I VALÈNCIA





Resumen de las principales agresiones que supone la reforma laboral

Nos convierten en MERCANCÍA 

- Con un nuevo contrato para empresas con una plantilla inferior a 50, con un año de periodo de prueba, durante el que te pueden despedir sin causa y sin indemnización. Además, la empresa se asegura una deducción fiscal de 3.000 euros más bonificaciones en las cotizaciones a la Seguridad Social.

- Con la ampliación de las posibilidades de utilización del contrato de aprendizaje, que te pueden volver a hacer para una actividad laboral distinta y hasta los 30 años, mientras no se reduzca a un 15% la tasa de desempleo.
- Con la posibilidad de realizar horas extraordinarias en los contratos a tiempo parcial, un coladero que en la práctica puede suponer una drástica disminución de tu base de cotización para el desempleo y la jubilación.

Rompen las garantías de la NEGOCIACIÓN COLECTIVA 
- Prevalece el convenio de empresa, que protege a un menor número de personas, por encima de los de ámbito superior.
- La empresa puede dejar de aplicar el convenio colectivo de referencia ante la existencia de pérdidas actuales o previstas o la disminución persistente de ingresos o ventas (que cifra en dos trimestres consecutivos).
- Otorga más capacidad de imposición a la empresa en materias como movilidad, ordenación del tiempo de trabajo o salarios (incluso saltándose lo firmado en el contrato).
- Desaparece la ultraactividad, es decir, el convenio caduca, si no se llega a acordar uno nuevo, a los dos años de que termine su vigencia. Entonces, ¿qué necesidad tiene la empresa de pactar unas mejores condiciones laborales?

Nos pueden DESPEDIR más fácil y más barato 
- La indemnización por despido improcedente pasa de 45 días y 42 mensualidades a 33 días y 24 mensualidades. Además, solo te pagan los salarios de tramitación si se opta por la readmisión.
- ERE: se elimina la autorización administrativa, lo que en la práctica significa que no se van a poder negociar indemnizaciones superiores a los 20 días por año.
- Sector público: se permite el despido colectivo por causas económicas, técnicas, organizativas o de producción.

Se culpabiliza de la CRISIS a las víctimas:
- Si estás en el paro y cobras prestación, en lugar de dedicar el tiempo a buscar empleo, te pueden llamar para que hagas trabajos para la comunidad.
- Si sufres alguna enfermedad y te ausentas justificadamente un 20% de la jornada en dos meses, puedes ir a la calle, ya que te pueden despedir por absentismo. La medición que antes era colectiva, pasa a ser individual. 



EUPV acudirá con pancarta propia en las tres manifestaciones.

14 de febrer 2012

FEDATARIS PLATAFORMA DE PERSONES AFECTADES PER LES HIPOTEQUES- ILP



En breu  la Plataforma de Persones Afectades per les Hipoteques  començarà a recollir signatures de la  ILP després d’anys d’obstacles per parts de la mesa del Congrés (PSOE+PP+CIU+PNV). Hem començat ja a recollir les i fedataris, des de càrrecs institucionals fins a gent del món de la cultura, etc,.... però sobre tot es necessiten fedataris en tots els barris i localitats per tindre un control del procés. Necessitem que tots els col·lectius s’impliquen en la recollida de signatures, és una bona iniciativa per parlat de tu a tu amb les persones del barri, una oportunitat per a què ens coneguen i per ampliar la participació ciutadana en la configuració d’un MALESTAR i INDIGNACIÓ que frenen l’onada de retalls i atacs als drets humans.
Per a poder ser fedatari/a, posat en contacte amb Celes Navarro (celesrifraf@gmail.com 625927166)
La ILP recull entre altres qüestions: la possibilitat legal de la dació en pagament; una moratòria als desnonaments en temps de crisi o estafa; una auditoria al mercat immobiliari i la reconversió de les vivendes buides a un parc de vivenda social, de lloguer social que mai supose més d’un 30% dels ingressos. Per tot això, i per una denúncia clara de la violència immobiliària de les entitats financeres necessitem tota la implicació possible. Són ja 350.000 habitatges desnonades, uns 270 cada dia en l’estat espanyol. En el País Valencià sostenim la vergonya de ser la primera comunitat en desnonaments i no deixen d’augmentar, les administracions no garanteixen recursos ni intervenen en la situació. Las persones es queden sense casa i amb una condemna de per vida que les exclou del sistema y engrosseix l’anomenat 4º món de les societats occidentals.
La PAH junt al 15-M i les organitzacions socials (veïnals, sindicals, polítiques....) està planificant una campanya per aconseguir milions de signatures, parar aquesta barbàrie i conscienciar que aquest sistema és la crisi. Per això, esperem màxima implicació d’EUPV, des dels seus càrrecs, militants i col·lectius.
Ens veiem al carrer!!!!
 Rosana Montalbán Moya, Portaveu de la Plataforma de Persones Afectades per les Hipoteques de València

12 de febrer 2012

La reforma laboral obri les portes a una rebaixa general dels sous



La reforma laboral reforçarà el poder dels empresaris en les relacions laborals. Serà més fàcil de modificar les condicions de treball en la mesura que poden reduir el salari als treballadors sense acord, simplement per raons de competitivitat o de productivitat, segons el text del Decret d'avui publicat en el butlletí.

Els nous poders de l'empresari juntament amb el nou sistema “d'ERE express” sense autoritzacions ni permisos i la facilitat d'implementar d'acomiadament per raons econòmiques (en ambdós casos amb la indemnització de 20 dies per any treballat amb un tope de 12 mensualitats) estan canviant el paisatge de les relacions laborals de tal manera que pot conduir a una onada de retallades de sous.
Abans fins i tot de la reforma laboral, en moltes empreses espanyoles es venía produint una congelació o reducció de salari, generalment acompanyada de garanties d'estabilitat de treball. Hi ha economistes que sostenen que aquesta devaluació de interna és la forma de recuperar la competitivitat en relació a altres països i tornar a créixer a crear llocs de treball i que també permet que quan cau l'activitat no és fassa l’ajust a través dels llocs de treball, sinó a través de salaris i flexibilitat interna. Altres, experts d'altra banda, consideren que la reducció de salari només reduir el consum i per tant aturaran mes l'economia i destruirà  més llocs de treball en un cercle viciós de la manca de demanda que només servirà per fer les condicions mes precàries sense crear llocs de treball.
Una de les novetats no explicades el divendres després el consell de ministres és que el decret inclou la "quantitat de salari" per primera vegada entre les condicions de treball que els gestors de l'empresa poden modificar "per motius econòmics, tècnic, organitzatiu o producció". I detalla que es  consideraran  " les que estan relacionades amb competitivitat, productivitat, o l'organització tècnica o treball en l'empresa". Eixa definició afecta als treballadors amb salaris per dalt dels mínims dels convenis de la seva categoria. Així de superar eixe mínim, s’obri la porta a que es  reduïxca el salari al caprici de l'empresa, perquè gairebé sempre podran al·legar raons de competitivitat per a pagar menys. Abans se podia canviar el "sistema de remuneració", la seva estructura, però no la quantitat.
Les modificacions substancials (que també poden afectar a la jornada, al horari, als turnos i al sistema de treball) “podran afectar a las condiciones reconegudes als treballadors en el contracte, en acords o pactes col·lectius o desfruitades en virtut d’una decisió unilateral de l’ empresari d’efectes col·lectius”, senyala la norma.
L’empresa podrà utilitzar la nova redacció de l’article 41 del Estatut dels Treballadors per a estalviar costos o baixar el sou a les persones que entenga que rendeixen poc. Tindrà que notificar la rebaixa, o la modificació d’altres condiciones de treball, amb una antelació de 15 díes. El treballador tindrà que acceptar-la o acceptar perdre el seu treball amb una indemnització de 20 dies per any  de treball amb un màxim de nou mensualitats.
Dos trimestres de caiguda de ventes per a el deixar sense efecte un conveni.
Ara es podrà demanar el “descuelgue” per raons econòmiques “quan dels resultats de l’empresa es desprenga una situació econòmica negativa, en casos tals com l’existència de pèrdues actuals o previstes, o la disminució persistent de seu nivell d’ingressos o ventes”. I a mes a mes: “En tot cas, se entendrà que la disminució es persistent si es produeix durant dos trimestres consecutius”.
Quan es plantegen el “descuelgue” per dos trimestres de caiguda d’ingressos, els treballadors, a mes a mes, tindran la espasa de Damocles de saber que si no renegocien i hi ha un tercer trimestre negatiu, les empreses podran posar en marxa acomiadaments procedents i ERE exprés amb 20 dies d’indemnització
Els votants del PP son els responsables de la que ens ve damunt.

El president de la patronal CEOE, Juan Rosell, es mostra bastant content amb la reforma. Li hauria agradat mes encara amb menys dies d’indemnització; però creu que la millora es substancial.
Els sindicats esperen comptar amb el recolzament dels treballadors per a lluitar contra la reforma.

Els treballadors tindrem que apagar la tele, oblidar el futbol i sortir al carrer a lluitar pels nostres drets